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Almargen reconoce la labor de Pedro Barquero y Francisco Ruiz, asesinados por ETA en los años ochenta

Pedro Barquero nació en Alcalá del Valle (Cádiz) en 1953. Se casó con María Dolores Leo, cinco años más joven que él, y desde pequeño siempre tuvo claro que quería ser Policía Nacional.
Tras ingresar en el cuerpo, estuvo destinado en Málaga y Ronda. Allí logró ascender a cabo primero y debió elegir destino. «Quería volver pronto a su tierra y por eso pidió Bilbao», recordaba ayer su hermano. Dicho y hecho. A principios de los años ochenta, Pedro ya ejercía en el acuartelamiento de Basauri.
En octubre de 1982, el feliz matrimonio recibió la mejor de las noticias: iban a ser padres. Todo salía rodado. Hasta la mañana del 4 de mayo de 1983. Ese día, Pedro y María Dolores tenían cita con el ginecólogo y pasadas las 8.00 horas bajaron a su garaje en el barrio de Santuchu (Bilbao) para coger su coche. Nunca saldrían de él.
Al acercarse al vehículos, la pareja se encuentra con varios miembros de ETA que tienen amordazado al teniente Julio Segarra. El objetivo era secuestrarlo para pedir la liberación de otros etarras, pero la llegada del matrimonio alteró los planes. Pedro, vestido de paisano, no dudó en sacar su pistola para disparar, pero los etarras fueron más rápidos y asestaron múltiples balazos a Pedro, María Luisa y, posteriormente, también a Julio.
Ese día, los etarras Enrique Letona, José Félix Zabarte y Félix Ignacio Esparza, años después condenados, sesgaron tres vidas y amargaron otras muchas. Los padres de Pedro, naturales y residentes en Almargen, y sus cuatro hermanos recibieron la noticia a las pocas horas y todavía no logran quitársela de la cabeza. «Mis padres murieron de pena. A mi madre le dio un infarto de corazón y a mi padre una trombosis años después del atentado. Nunca se recuperaron; el asesinato se los cargó a ellos también», lamentaba ayer Andrés, el hermano mayor de Pedro.
La historia de Francisco Ramón Ruiz es igual de trágica. La muerte le encontró la noche del 16 de mayo de 1980 mientras cenaba en el bar Huici de Goizueta (Navarra). Allí trabajaba desde que la Guardia Civil le ascendió de puesto, tras pasar por Madrid y Cullera (Valencia).
Francisco nació en Arjona (Jaén), pero se crió y se enamoró en Almargen. La afortunada fue Rosario Escalante, compañera de colegio. «Estuvimos solo un año de novios antes de casarnos porque ya nos conocíamos», recordaba ayer la viuda con una media sonrisa dibujada.
Paternidad truncada
Rosario lo dejó todo por estar con su marido y no dudó en trasladarse con él a todos sus destinos. La primavera del 80 estaba llamada a ser la más hermosa para la pareja ya que para mayo tendrían su segundo hijo. Y así fue. A mediados de abril, Rosario se traslada a Almargen ante su inminente maternidad y Francisco se queda en Navarra.
El día 1 de mayo viene al mundo su hijo y ella se queda varios días en el pueblo recuperándose. Pero un brutal asesinato se lo impidió. Quince días después de ser padre, Francisco se encuentra cenando junto a su compañero Francisco Puig en el bar de Goizueta al que suelen acudir cada noche cuando dos asesinos del grupo Adarra de ETA se cuelan por la cocina del bar, los encuentran y los acribillan a disparos. Otros dos etarras le esperaban en la puerta del bar, en una furgoneta DKW para emprender la huida. En 1981 la Audiencia Nacional condenó a José María Aramburu y Juan Miguel Apecechea por cooperación para la realización del atentado y, en 1985, fue condenado como autor material del asesinato Francisco Javier Lujambio.
Desde entonces la vida de la familia Ruiz Escalante no volvió a ser la misma: «Mi hijo tuvo secuelas por no tener padre. Todavía lo añora», decía ayer su madre.
diario sur.
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